Con solo 25 años, León Depassier ha logrado destacarse en la escena teatral chilena, fusionando su talento actoral con la dramaturgia. En su obra “Náufrago: el olvido de un fundador”, rescató la figura de Pedro de la Barra, pionero del teatro universitario, y su profundo amor por el arte, reflejando en el monólogo un legado que perdura y una pasión que, como De la Barra, lo lleva a sacrificarlo todo por el teatro.
Por Jimena Herrera.
León Depassier creció inventando escenas con sus juguetes, sin saber que en ese simple acto de jugar estaba marcando su destino. Los monólogos siempre le resultaron naturales. “De niño inventaba historias, recreaba situaciones, diálogos con los personajes. Trabajar solo creando imágenes nunca me costó”, confiesa. Aquella habitación en la que los personajes interpretados por el mismo, cobraban vida y las historias se tejían con la mente inquieta de un niño se transformó, más tarde, en un escenario donde su amor por el teatro encontró su primera semilla.
Desde pequeño, León soñaba con el escenario, aunque en su entorno no encontraba las herramientas para cultivarlo. Durante su adolescencia, la posibilidad de estudiar Derecho parecía más segura y estable, pero una tarde, justo antes de rendir la PSU, León estrenó con un grupo aficionado y, ese mismo día, tomó la decisión que marcaría su vida. “Independiente del resultado, esto es lo que pasa con mi vida”, recuerda. El teatro ya no era solo un juego, sino una pasión irrenunciable.
Poco después de esa revelación, ingresó a la Escuela de Teatro Imagen de Gustavo Meza, pero la pandemia retrasó su formación presencial. Fue entonces cuando León tomó una decisión clave: no conformarse. “Algunos de mis compañeros pensaron en congelar el año, pero yo sabía que tenía que salir rápido y formado profesionalmente. Tres años no son nada comparados con las décadas que uno le dedica al teatro”, afirma. Su obstinación por avanzar en su carrera fue recompensada, pues pronto empezó a trabajar en distintas compañías y, a los 23 años, ya había comenzado a escribir sus propias obras.

Foto: León Depassier (cedida)
“El Náufrago”: rescatar una historia para que no muera
Su proyecto más reciente, “Náufrago: el olvido de un fundador”, es un monólogo inspirado en la vida y obra de Pedro de la Barra, pionero del teatro universitario chileno. La obra —escrita junto a la directora María José Silva y codirigida con Óscar Quintana— busca rescatar el legado de un hombre que dotó al teatro de elementos culturales y educativos.
Para escribir el guion y dar vida al personaje de Pedro de la Barra, León dedicó dos años de profunda investigación. Durante ese tiempo, estudió minuciosamente cada aspecto del maestro, entrevistó a familiares cercanos y analizó el contexto y la época en la que De la Barra vivió. El desafío era enorme, pues solo existía un único video con imágenes del pionero del teatro universitario. Sin embargo, León se sumergió en cada detalle, observando una y otra vez ese video, para captar sus gestos, su postura y su manera de expresarse. A partir de ese estudio, construyó una caracterización precisa, que incluyó un cuidadoso trabajo de maquillaje y detalles en su interpretación para reflejar fielmente la esencia de Pedro de la Barra en el escenario.

Foto: León Depassier como Pedro de la Barra (cedida)
Salvar el teatro es urgente
“Un teatro sin niños está destinado a morir”, cita León, recordando una frase de De la Barra y que rescató, según cuenta, de la tesis de Arlette Ibarra. “Cuando la leí, entendí por qué carecemos de cultura teatral: porque los niños no ven teatro. Si un niño no lo vive de pequeño, difícilmente de adulto lo considerará un panorama”, sostiene.
En medio de la conversión, nos detenemos en esa frase: “un teatro sin niños está destinado a morir”, porque al decirlo el tono León cambia: se vuelve más grave, más urgente. “Chile tiene cultura futbolística —dice—, pero no teatral. A los niños los llevan al estadio, pero no al teatro. Y si un niño no ve teatro, no lo incorpora a su vida. Yo nunca fui al teatro de pequeño, y creo que por eso soy una excepción. Debo ser del uno por ciento.”
Esa conciencia se ha convertido en una brújula artística. León observa que las nuevas generaciones están rodeadas de pantallas, estímulos instantáneos y algoritmos, y siente que el teatro debe volver a ser un espacio de descubrimiento. “El teatro tiene algo que ninguna pantalla puede dar: presencia. Ver a un cuerpo respirando frente a ti, una voz que se quiebra, una emoción que no se repite igual dos veces. Si los niños no viven eso, la sociedad pierde algo esencial”, asegura.
Por eso admira profundamente el trabajo de Proyectico, una compañía dedicada al teatro infantil y de primera infancia. “Ellos están formando cultura teatral desde los más pequeños. Me parece un acto heroico. Ojalá existieran más iniciativas así, porque ahí empieza todo”. En sus palabras se mezcla respeto y esperanza: el deseo de que el teatro vuelva a ser parte de la educación emocional del país.
A pesar de las dificultades, León no se instala en la queja. Reconoce la importancia de los medios culturales independientes —como Panorama Teatral o Reyes del Drama— que han difundido su trabajo y el de muchos otros sin exigir fama ni seguidores. “Eso es difusión democrática”, dice. “Sin ser rostro, sin gran trayectoria, hay gente que se da el tiempo de conocerte, de mirar tu obra. Eso sostiene al teatro tanto como el público.”
Su gratitud se extiende también a los espacios que han creído en su compañía, como FITZA o Sala Tessier en Santiago, que les ofrecieron salas para ensayar y coproducir sin tener rostros conocidos ni fondos estatales. “No espero que me regalen funciones —aclara, pero cuando alguien se detiene a mirar tu proyecto y te abre una puerta, eso vale oro. El teatro se sostiene en esos gestos”.

El Náufrago no solo reconstruye la biografía del maestro, sino que también plantea una pregunta urgente: ¿qué queda del espíritu original del teatro en un país que olvida su propio arte? (Foto: cedida)
Ni tan poético
El equipo teatral “Ni tan poético”, integrado por siete artistas, sostiene el montaje de El Náufrago desde la pasión y la autogestión. “No podría hacer esta obra sin ellos”, enfatiza León. La música en vivo de Ignacio López, el diseño lumínico de Catalina Domínguez, la escenografía de Armando Ramírez y el trabajo técnico y de maquillaje de Jair Maldonado conforman un ecosistema escénico donde cada detalle tiene vida propia. “Queríamos que el público tuviera una experiencia teatral dinámica, incluso si no son gente de teatro. Que cualquiera pudiera identificarse con la historia de Pedro”, explica.
El futuro del teatro y sus ambiciones personales
Hoy, ya egresado y con proyectos en marcha, su sueño es claro: vivir del teatro. Pero, León también se enfrenta a una realidad difícil en el mundo teatral chileno, donde el reconocimiento a menudo depende más de los seguidores en redes sociales y ser “influencer” que la calidad artística. Para él, esto es un desafío, pues es consciente de que un nombre reconocido puede abrir puertas a nuevas oportunidades. “Mi sueño teatral sería estar en una compañía que permita financiarse constantemente a través de fondos, ya sean del Estado o privados, para no depender de la buena voluntad de otros”, comenta.

En la sala los aplausos suenan y se quedan como ecos en las paredes que piden más presentaciones y poner en valor las artes escénicas en las regiones y en los públicos sedientos de teatro. (Foto: cedida).
Desde ese espacio de resistencia, la misma que hoy sostiene a miles de artistas en Chile, León entiende que el camino es largo. Sabe que el teatro no se impone, se construye función a función. “La madurez teatral llega a los cincuenta o sesenta años”, reflexiona. Pero ya ha comenzado a trazar su propia ruta: entre luces, música en vivo y palabras que rescatan la memoria de Pedro de la Barra.
En cuanto a sus metas, León no solo se limita al teatro: también aspira a hacer cine en algún momento. Aunque no es su medio principal, entiende que el reconocimiento en estos campos puede ayudar a llenar salas de teatro.
León habla con la serenidad de quien entiende que la escena no es solo un lugar de representación, sino de profunda convicción. “El teatro, al final, es una forma de amor: hacia el público, hacia los compañeros, hacia el tiempo que uno decide dedicarle”.
En escena, se transforma en El Náufrago: un hombre que lucha contra el olvido.






